martes, 24 de abril de 2007

El perro.

Éste es un relato de ficción. Aunque, como todos, está remotamente basado en hechos reales


Ayer ví al fantasma de mi perro. Claro que cuando lo ví, yo no lo sabía.
Yo había dejado a Thor, un magnífico ejemplar de pastor alemán de apenas un año en una escuela de adiestramiento para perros de la que me habían hablado muy bien, hacía algo más de una semana.

Volvía de correr mis 20 minutos habituales por la urbanización residencial en la que vivo, cuando a lo lejos advertí a un enorme pastor alemán que parecía vagabundear. Cuando lo ví, inmediatamente reduje la marcha. No temo a los perros en general, pero los asilvestrados pueden ser más peligrosos si tienen mal genio, ya que no temen al hombre. El perro me detectó a unos 10 metros de distancia y dejó de olfatear el suelo para acercarse a mí, parsimonioso aunque a buen ritmo. Parecía cansado y dolorido, como si hubiera recorrido una gran distancia. Movía lentamente el rabo.

A medida que se fue acercando a mi, me llamó la atención lo mucho que recordaba a mi perro. La planta, el color del manto, la forma de andar... Todo era idéntico excepto por una ligera cojera, y porque parecía enormemente cansado. Cuando llegó hasta mí siguió meneando el rabo mientras me chupaba la mano. Entonces advertí que llevaba un collar de castigo como el que yo había visto que le ponían en la escuela; su hermoso collar de cuero me lo devolvieron diciendo que no era adecuado para un perro así. Inmediatamente miré el interior de la oreja derecha y efectivamente encontré allí el número que se tatúa a los perros de pedigree. Por supuesto yo no recordaba el número de mi perro, pero empezaban a ser muchas casualidades.

"Thor, ¿eres tú?", le dije. El animal me miró entre cansado y triste y volvió a agitar el rabo. Yo estaba aturdido. Por un lado sabía que no podía ser él, puesto que el lugar en el que yo lo dejé se encontraba a unos 50 kilómetros. Y sin embargo había oído hablar de hazañas de ese tipo, antes. En cualquier caso el aspecto del perro era el de alguien exhausto hasta el agotamiento. Daba la sensación de estar a punto de desplomarse en el suelo de un momento a otro. Tenía las almohadillas de las patas hinchadas y algunas heridas en la cara. Estaba delgado hasta el punto de que se le podían contar las costillas, a pesar del abundante pelaje.

Todavía confuso, avancé unos pasos para ver que hacía el perro, y me asombró ver que se colocaba a mi izquierda y caminaba a mi lado como yo le había enseñado ha hacer (lo único que había logrado enseñarle a un animal demasiado terco para mí; de hecho eso fue lo que me obligó a buscarle un adiestrador). De éste modo, y todavía sin saber que pensar, me dirigí a mi casa, junto mi agotado acompañante. En cualquier caso era obvio que necesitaba urgentemente agua y reposo.

Y sin embargo no era capaz de entender como no podía estar seguro de si era mi perro o no. A fin de cuentas ya lo había tenido casi diez meses, desde los dos a los doce. Entonces me di cuenta de algo extraño. Me daba la sensación de ser algo más pequeño de lo que yo recordaba a mi perro. No más pequeño. Más joven. Empecé a comprender que tenía el aspecto que había tenido mi perro un par de meses antes. Por lo demás era idéntico. Al menos hasta donde yo podía recordar.

Cuando llegamos a casa, parecía confuso. Era como si no recordara bien las cosas. Y sin embargo lo olisqueaba todo y a ratos volvía a mover el rabo. Casi le tuve que obligar a beber un poco y comer algo de su pienso. Parecía más interesado en recorrer el lugar, y volver a ver a sus juguetes, que estaban repartidos por el jardín. Cuando entramos dentro de la vivienda, fue habitación por habitación oliéndolo todo. Cuando finalmente encontró al gato, que estaba durmiendo en un sillón, acercó su hocico a él meneando el rabo amistoso. Entonces el gato se despertó súbitamente y de inmediato empezó a bufar como si estuviera viendo una aparición. Erizó completamente el lomo y bufaba mientras el perro le miraba como si no entendiera una reacción así.

Decidí volver a sacarlo para evitar más incidentes, y me quedé fuera con él para ver si conseguía que se tumbara a descansar. Sin embargo, y a pesar del agotamiento que aparentaba, era como si no pudiera dejar de recorrer cada rincón del jardín. Y yo no podía evitar ir detrás de él cada vez que desaparecía de mi vista, como si temiera que se fuera a esfumar de repente. Empezaba a no sorprenderme tanto que fuera más joven. La verdad es que si yo tuviera que aparecerme después de muerto, también lo haría más joven y con unos kilos menos. Sin duda mi perro había muerto en el lugar en el que lo dejé y él había venido a despedirse. Todo el mundo ha escuchado historias así. A alguien le tienen que pasar de verdad, pensé. En cualquier caso es verdad que el animal estaba relativamente limpio y cuidado como para haber recorrido caminando 50 kilómetros.


En vista de que no era capaz de resolver el misterio decidí llamar a mi mujer. Por supuesto no fui capaz de contarle todo lo que me pasaba por la cabeza, así que traté de hacer un resumen de tal manera que no pareciera que había perdido el juicio.

-Pero, ¿es Thor, o no?
-Bueno, pues no puede ser él, pero el caso es que se parece mucho. Hasta lleva el mismo collar. Y el tatuaje en la oreja.
-Bueno, ahora voy para allá y lo veo. Como sea él, los de la perrera me van a oir.

Al cabo de unos largos cuarenta y cinco minutos apareció mi mujer. Nada más apareció por la puerta dijo:
-No es él. Éste es más pequeño.
Bueno, eso ya lo sé, pensé yo.

Cuando pudo verlo más de cerca, se giró hacia a mí con cara de no entender nada.

-¿Pero tú eres tonto? Esto es una perra.

La verdad es que no supe que contestar.

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