Amigos, aquí llega el final de una trilogía. De cuatro. ¿Que pasa, George Lucas puede hacer una trilogía de seis, y yo no puedo hacer una de cuatro? Es que al final me he dado cuenta que no estaba contando el post de introducción. Bueno, lo que sea.
La cosa viene a ser más o menos así. Alguien en tu casa -y seguramente no tú mismo- decide que hay que pintar las paredes porque: a) supondría una gran mejora para la calidad de vida en la vivienda; o bien porque b) así no se puede seguir viviendo, que mira como está todo esto, que es que está todo hecho un asco, hombrepordiós (táchese la que proceda). Yo soy tan amante de las cosas limpias y bonitas como cualquiera, pero me parece que luchar contra la entropía es una completa pérdida de tiempo. Es que es una batalla perdida desde el principio. En mi opinión es mucho mejor hacerse a la idea de que las cosas envejecen y se estropean, que se le va ha hacer. Pero esta no parece ser una opinión muy popular actualmente, claro (no hay más que ver a los actores de Hollywood). La cosa es que cuando se propone la idea de pintar la casa, te planteas tus opciones -coger tus cosas y huir rápidamente o quedarte y apechugar- las meditas seriamente -mi colección de cómics no cabe en una maleta ni de coña, y eso por no mencionar las figuritas- y decides actuar en consecuencia.
En esta ocasión, al menos, la opción de pintarla yo mismo fue descartada desde el principio (soy un buen artista, pero no se me da bien respetar los plazos de entrega) por lo que se decidió contratar a unos expertos en la materia -llámale expertos, llámale chapuzas-, a los que mantendremos en el economato más que nada para evitar que me roben el protagonismo de la historia. Si se quieren hacer famosos que se monten un blog, hombreyá... En cualquier caso la dirección de la obra la seguiría realizando yo para asegurar la calidad artística del proyecto. A ver si os vais a creer ahora que Miguel Ángel pintó la Capilla Sixtina él mismo, ahí por las noches con un pincelito. No hombre, no; él lo hacía primero en pequeñito y luego se lo pasaba a unos señores que ya se encargaban. Una cuadrilla de rumanos, creo.
Bueno, para los que nunca hayan pintado una casa (ni siquiera por delegación), hay ciertas consideraciones a tener en cuenta.
En primer lugar, el color. En el colegio muchos de vosotros habréis aprendido que hay siete colores. Pues bien: es mentira. Cualquiera que alguna vez haya tenido que pintar su casa sabrá que hay por lo menos unos setecientos. Y no tienen nombres normales como 'azul claro', sino que se llaman cosas como 'atardecer en Niza' o 'luna de miel'. Vienen todos en un librito que te entrega el pintor para que te lo vayas pensando. Que yo me pregunto quién le pondrá los nombre a todos esos colores.
-Manolo, y a éste como le ponemos?
-Pues ponle rojo.
-Es que el de antes también era rojo.
-Pues le pones rojo oscuro y en paz.
-Es que el siguiente es más oscuro.
-Pues le pones 'matanza de gorrinos', a mí que me cuentas...
-No se yo, no lo acabo de ver comercial...
Los colores del librito tienen la misteriosa propiedad (que está siendo estudiada actualmente por la Nasa, junto con 'por qué la tele engorda' y 'cuánto es exactamente un momentito') de que el color que sale en la muestra luego cuando lo pones en la pared parece distinto, así que hay que tener mucho cuidado cuando lo eliges. O no. Total, al final el que te sale no va a ser el que querías...
Luego hay otra cosa que no se suele tener en cuenta cuando se decora la casa, que es que todos esos muebles que nos cuesta un montón elegir -o pagar-, todas esas estanterías, esos bonitos cuadros de cacerías de ciervos -un clásico-, lo único que hacen es estorbar cuando toca pintar las paredes. Que de todas maneras, hay que reconocer que las paredes es que están muy mal colocadas. Es que están al fondo, detrás de todo lo demás. Las paredes vendrían a ser como los fondos de los cómics. Son eso que hay detrás de Lobezno. Y todos sabemos el caso que le hacen los dibujantes a los fondos. Los fondos no cuentan nada, están ninguneadísimos. Pero la situación sería completamente distinta si los fondos estuvieran delante. "Ja, ¿quién es el que manda ahora?. Lobezno no, desde luego. Lobezno está ahí detrás, tapado por los edificios". Lo que pasa es que claro, nadie compraría un tebeo de 48 páginas sólo con fondos. Bueno, a lo mejor algún gafapasta, pero sólo por esnobismo. Y el mercado se resentiría, claro. Mmm... un momento, que estoy tan perdido que creo que voy a pararme a preguntar.

Vale, ya se donde estoy. Bueno, el problema es que cuando nos ponemos a decorar una casa, decía, no pensamos en las paredes. Si bueno, están ahí, las damos por supuestas (menos en algunos lugares de África y en las empresas de telemarketing). Pero no les damos importancia. Las utilizamos para colgar cuadros, apoyar estanterías, colocar muebles. Y ellas no dicen nada. Pero piensan 'ya tendrás que pintar, ya'. Porque las paredes son muy vengativas, esto no lo sabe mucha gente. Y cuando tienes que pintar descubres que te costaría menos trabajo mudarte de casa. Más que nada porque si te mudas, al menos los muebles se quedan ahí.
La teoría de la operación es sencilla, lo difícil es llevarla a la práctica. Llega un señor con aspecto de no haberse duchado mucho últimamente y de peinarse con una costilla del Foster's Hollywood y revisa toda tu casa para hacerte el presupuesto. El presupuesto de un pintor viene a ser más ajustado que el de una empresa de reformas en cuanto al precio pero más o menos igual de preciso en cuanto al plazo, así que si te dice que el trabajo le va a costar más o menos una semana, tú puedes añadir un 50% a la duración prevista y solo te quedarás corto en un 50%. Luego te dice 'mañana vengo con el chaval, si eso me van despejando la habitación pequeña'. 'Fácil', piensas tú. 'Se pasa todo a la siguiente habitación, y en paz'. Bueno, ésto es más fácil de pensarlo que de hacerlo, también te lo digo, pero se hace. Llegan los señores, pintan y se van. Pero antes de irse te dicen 'mañana vamos a seguir con esa'. Y esto ya no parece una aviso, suena más como una amenaza. Que aquí ves el fallo de tu razonamiento. En primer lugar, la habitación que acaban de pintar no va a estar seca, con suerte, antes del día siguiente. En segundo, la habitación que tienes que vaciar contiene todas sus cosas y las de la anterior. Haces un cálculo rápido y te das cuenta que en tres o cuatro días vas a necesitar una habitación del tamaño de una casa para contener todas las cosas que tienes que mover. Concretamente, del tamaño de tu casa. Entonces te das cuenta de que mudarse no era tan mala idea.
En mi caso concreto no me mudé porque la operación tampoco me parecía mucho más sencilla -ni desde luego barata, teniendo en cuenta la situación actual del mercado inmobiliario-, pero opté por un plan alternativo que consistía en irme fuera unos días. Como decía Napoleón cuando le preguntaban sobre la conquista de Rusia, parecía buena idea en aquel momento. El plan me permitía de una tacada, librarme de la molestia de los pintores y
Y aquí es donde las tramas de las tres (cuatro) entradas anteriores se cruzan y me encuentro, molido de agujetas, resacoso, con un virus de resfriado mutante en plena efervescencia, y con la casa destrozada por el ataque despiadado de un grupo de pintores enloquecidos. Que seguramente no sería el estado ideal para redecorar una casa (léase devolverla a su estado original).
Eso si, la casa ha quedado muy mona. Llena de paredes pintadas. Más o menos como antes, ahora que lo pienso. Bueno, éstas están pintadas hace menos tiempo, pero poco más. Creo que la próxima vez le doy dos vueltas más a lo de mudarme.
Y con esto termina el primer post seriado de la historia de este blog. Y probablemente el último. Aunque nunca se sabe. Próximamente más historias de tíos en duchas. O lo que sea.

